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Las bases biológicas de la identidad de género

Las bases biológicas de la identidad de género

La identidad de género — el sentido interno de pertenencia a un género — es objeto de investigación científica desde hace más de medio siglo. La investigación biológica no se propone “explicar” o justificar la experiencia de las personas transgénero, sino comprender los mecanismos que contribuyen al desarrollo de la identidad de género en todo ser humano. Este artículo presenta el estado actual de los conocimientos en genética, endocrinología, neurociencias y epigenética, destacando tanto los hallazgos más sólidos como las limitaciones metodológicas aún abiertas.

Introducción

Durante mucho tiempo se consideró que la identidad de género estaba determinada exclusivamente por la educación y el entorno social. A partir de la segunda mitad del siglo XX, una serie creciente de evidencias llevó a la comunidad científica a reconocer que factores biológicos — genéticos, hormonales y neuroanatómicos — desempeñan un papel significativo en su desarrollo [1]. Estudiar estas bases no equivale a buscar una “causa” de ser transgénero, sino a comprender la complejidad de un rasgo humano que, como muchos otros, surge de la interacción entre biología y ambiente.

El interés científico por las bases biológicas de la identidad de género se sitúa dentro de un marco más amplio: la investigación sobre el desarrollo sexual y la diferenciación cerebral. Los datos recopilados provienen de ámbitos diversos — desde la genética molecular hasta los estudios con gemelos, desde la neuroimagen hasta la endocrinología — y convergen hacia un modelo multifactorial en el que ningún elemento aislado es suficiente para explicar la identidad de género de un individuo [1].

Genes y cromosomas: más allá de XX y XY

El modelo escolar que asocia el sexo biológico a solo dos configuraciones cromosómicas — 46,XX para las mujeres y 46,XY para los varones — es una simplificación útil pero incompleta. En la naturaleza existen numerosas variaciones de los cromosomas sexuales que demuestran que el desarrollo sexual es un proceso más articulado que una dicotomía tajante.

Variaciones cromosómicas

Las diferencias del desarrollo sexual (DSD, del inglés Differences of Sex Development), comúnmente indicadas también con el término intersex, comprenden una amplia gama de condiciones. El síndrome de Klinefelter (47,XXY) afecta aproximadamente a 1 de cada 600 personas asignadas varón al nacer y supone una configuración con un cromosoma X adicional. El síndrome de Turner (45,X), en el que falta uno de los dos cromosomas sexuales, afecta aproximadamente a 1 de cada 2.500 personas asignadas mujer al nacer. También existen mosaicismos (45,X/46,XY), quimeras (46,XX/46,XY) y otras combinaciones menos frecuentes.

Según las estimaciones más citadas en la literatura científica (Fausto-Sterling, 2000), aproximadamente el 1,7% de la población nace con características que no se ajustan a las definiciones convencionales de “hombre” o “mujer”, aunque muchas de estas variaciones no son visibles al nacer y se descubren más tarde. Esta estimación, sin embargo, es debatida: Sax (2002) propuso una cifra más conservadora del 0,018% limitándose a los casos con genitales ambiguos al nacer, mientras que estimaciones intermedias se sitúan en torno al 0,5-1%. La diferencia depende en gran medida de qué condiciones se incluyen en la definición de “intersex”.

Implicaciones para la identidad de género

Las condiciones DSD no se relacionan directamente con la identidad de género en la mayoría de los casos, pero su existencia demuestra que el sexo biológico es un continuo y no una variable binaria. El síndrome de insensibilidad completa a los andrógenos (CAIS), por ejemplo, afecta a personas con cariotipo 46,XY cuyos tejidos no responden a la testosterona: estas personas desarrollan características fenotípicas femeninas y en la gran mayoría de los casos se identifican como mujeres, lo que sugiere que los cromosomas por sí solos no determinan la identidad de género [1].

Hormonas prenatales y diferenciación cerebral

Una de las hipótesis más estudiadas en este campo es la de la teoría de la exposición hormonal prenatal. Según este modelo, la identidad de género estaría influenciada por el entorno hormonal al que el feto está expuesto durante ventanas críticas del desarrollo cerebral, de forma parcialmente independiente de la diferenciación de los genitales [1][9].

La ventana crítica

Durante la gestación, el cerebro fetal atraviesa períodos sensibles en los que las hormonas esteroideas — en particular la testosterona y sus metabolitos — influyen en la formación de circuitos neurales relacionados con el comportamiento y, según algunos investigadores, con la identidad de género. La diferenciación de los genitales ocurre en el primer trimestre, mientras que la diferenciación cerebral prosigue en el segundo y tercer trimestre. Este desfase temporal podría explicar por qué, en algunos casos, la dirección del desarrollo cerebral diverge de la genital [1].

Estudios sobre la hiperplasia suprarrenal congénita

Una fuente importante de datos proviene de los estudios con personas con hiperplasia suprarrenal congénita (CAH, Congenital Adrenal Hyperplasia), una condición genética en la que las glándulas suprarrenales producen niveles elevados de andrógenos durante la vida prenatal. Las personas con CAH asignadas mujer al nacer están expuestas a niveles de testosterona superiores a la norma durante el desarrollo fetal.

Un estudio publicado en el Journal of Clinical Endocrinology and Metabolism (Dessens et al., 2005) halló que el 5,2% de las pacientes con CAH criadas como mujeres desarrollaba problemas significativos con su identidad de género, una tasa muy superior a la de la población general. Investigaciones posteriores, como la publicada en el mismo Journal en 2003, confirmaron que las niñas con CAH muestran en promedio intereses y comportamientos de juego más típicamente asociados a los varones, aunque en la gran mayoría de los casos mantienen una identidad de género femenina [5].

Estos datos sugieren que los andrógenos prenatales influyen en el comportamiento relacionado con el género, pero no son el único factor determinante de la identidad de género [5]. El hecho de que la mayoría de las personas con CAH se identifiquen con el género asignado al nacer indica que otros factores — genéticos, epigenéticos, sociales — intervienen en el proceso.

Estudios con gemelos

Los estudios con gemelos representan una herramienta clásica de la genética del comportamiento para estimar la contribución relativa de genes y ambiente a un rasgo determinado. Dado que los gemelos monocigóticos (MZ) comparten el 100% del ADN, mientras que los gemelos dicigóticos (DZ) comparten en promedio el 50%, una tasa de concordancia más alta en los gemelos MZ respecto a los DZ sugiere una componente genética.

Concordancia y estimaciones de heredabilidad

Una revisión sistemática de la literatura sobre gemelos, publicada en la revista Behavior Genetics en 2025, analizó ocho estudios obteniendo estimaciones de heredabilidad comprendidas entre 0,00 y 0,84. Siete de ocho estudios aportaron evidencias a favor de una componente genética, con estimaciones de heredabilidad entre 0,10 y 0,81 [2].

Un estudio pionero de Coolidge et al., publicado en Behavior Genetics en 2002, analizó 314 gemelos (96 parejas MZ y 61 parejas DZ) de edades comprendidas entre 4 y 17 años. El modelo que mejor describía los datos incluía una componente genética aditiva responsable del 62% de la varianza y una componente ambiental no compartida que explicaba el 38% restante [6].

Un estudio más reciente, publicado en Scientific Reports en 2025, estimó las razones de riesgo relativo para la concordancia transgénero: 21,2 para las parejas MZ y 8,7 para las parejas DZ (sobre la base de una prevalencia estimada del 1% en la población), sugiriendo una contribución genética sustancial a la diversidad de género [14].

Limitaciones de los estudios con gemelos

Las estimaciones de heredabilidad presentan una amplia variabilidad entre los estudios debido a las diferencias en los tamaños muestrales, los criterios diagnósticos y los métodos estadísticos utilizados. La componente ambiental no compartida — que incluye todos los factores de experiencia únicos para cada gemelo — resulta constantemente significativa, con estimaciones entre 0,15 y 0,96 [2]. Esto significa que, aunque existe una base genética, el ambiente individual desempeña un papel no despreciable.

Neuroimagen: diferencias en la estructura cerebral

Las técnicas de neuroimagen, en particular la resonancia magnética estructural (MRI), han permitido investigar si existen diferencias en la estructura cerebral entre personas cisgénero y transgénero.

El estudio ENIGMA

El estudio más amplio realizado hasta la fecha es el del grupo de trabajo ENIGMA (Enhancing Neuro Imaging Genetics through Meta-Analysis) sobre personas transgénero, publicado en el Journal of Sexual Medicine en 2021 [3]. Este megaanálisis examinó los datos de MRI estructural de 803 participantes no sometidos a tratamiento hormonal: 214 hombres transgénero, 172 mujeres transgénero, 221 hombres cisgénero y 196 mujeres cisgénero.

Los resultados mostraron que las personas transgénero difieren significativamente de las personas cisgénero en los volúmenes (sub)corticales y el área de la superficie cerebral, pero no en el espesor cortical. Un dato particularmente relevante es que el cerebro de las personas transgénero no se sitúa simplemente “a mitad de camino” entre el fenotipo masculino y el femenino, sino que presenta un fenotipo propio y distinto [3].

Estudios anteriores

Investigaciones anteriores, sintetizadas en una revisión publicada en Archives of Sexual Behavior en 2021, ya habían evidenciado que el cerebro de las mujeres transgénero presenta una mezcla compleja de regiones con características masculinas, femeninas y “desmasculinizadas”, mientras que el de los hombres transgénero muestra regiones femeninas, masculinas y “desfeminizadas”. Una revisión de 2016, publicada en PLOS ONE, había concluido que los resultados contrastantes entre los estudios hacían difícil identificar características cerebrales específicas que difirieran de forma coherente entre grupos cisgénero y transgénero [11].

Limitaciones metodológicas

La investigación neuroanatómica sobre la identidad de género presenta limitaciones significativas. Las muestras suelen ser de tamaño pequeño o mediano. La distinción entre diferencias cerebrales preexistentes y aquellas eventualmente modeladas por la experiencia social sigue siendo un problema abierto. Además, el cerebro humano no puede clasificarse de forma neta como “masculino” o “femenino”: la mayoría de los individuos presenta un mosaico de rasgos, lo que hace problemático todo intento de utilizar la neuroimagen como herramienta diagnóstica [11].

Epigenética

La epigenética estudia las modificaciones de la expresión génica que no implican alteraciones de la secuencia del ADN. Los mecanismos epigenéticos — como la metilación del ADN y la modificación de las histonas — pueden verse influenciados por factores ambientales, incluidas las hormonas, y son potencialmente transmisibles entre generaciones celulares.

Metilación del ADN e identidad de género

Un estudio publicado en Frontiers in Neuroscience en 2021 realizó un análisis epigenómico a escala global (EWAS, Epigenome-Wide Association Study) comparando los perfiles de metilación del ADN de 16 personas transgénero y 16 personas cisgénero, todas antes del tratamiento hormonal. Los resultados mostraron que las dos poblaciones presentan perfiles de metilación CpG globales diferentes, y que los sitios CpG más significativos estaban asociados a genes implicados en el desarrollo del sistema nervioso central [4].

Un estudio posterior, publicado en Scientific Reports en 2023, halló que el gen CBLL1 presenta hipometilación en hombres transgénero antes de la terapia hormonal y que el grado de metilación se correlaciona con el espesor cortical, sugiriendo un posible vínculo entre regulación epigenética y estructura cerebral [13].

Un modelo teórico

La hipótesis de trabajo actual propone que durante el desarrollo fetal los genitales y el cerebro pueden diferenciarse en direcciones distintas, y que la epigenética representa el mecanismo a través del cual esto ocurre: las hormonas, en momentos críticos del desarrollo, inducen modificaciones epigenéticas que silencian o activan genes específicos de manera diferente en los distintos tejidos [1][4].

Cabe subrayar que la aplicación de la epigenética al estudio del sexo y del género es un campo relativamente nuevo. Las muestras utilizadas aún son pequeñas, y los resultados, aunque prometedores, requieren confirmación a gran escala.

Por qué no existe un único “gen del género”

A diferencia de algunas condiciones monogénicas — donde una sola variante de un gen es suficiente para causar un fenotipo — la identidad de género parece ser un rasgo multifactorial complejo, influenciado por muchos genes con efectos pequeños que interactúan entre sí y con el ambiente [1].

Estudios de asociación genética

Las investigaciones que han buscado variantes genéticas asociadas a la identidad de género han identificado algunas asociaciones significativas, pero ningún “gen del género”. Un estudio publicado en el Journal of Clinical Endocrinology and Metabolism en 2019 encontró una asociación entre la disforia de género y variantes alélicas en los genes ERa (receptor de estrógenos alfa), SRD5A2 (5-alfa reductasa de tipo 2) y STS (esteroide sulfatasa), todos implicados en el metabolismo de las hormonas sexuales [7].

Otra investigación, publicada en Scientific Reports en 2019, utilizó la secuenciación del exoma para identificar variantes raras en personas transgénero, hallando mutaciones en el gen RYR3 en tres individuos transgénero no emparentados [8]. Sin embargo, estos resultados sugieren a lo sumo una componente oligogénica — es decir, debida a un número limitado de genes — en lugar de un determinismo genético simple.

El modelo multifactorial

La hipótesis actualmente más aceptada en la literatura científica es que la identidad de género es un rasgo poligénico con una componente heredable, en el que variantes comunes y raras de numerosos genes contribuyen, cada una con un efecto modesto, al riesgo global. A estos se suman factores epigenéticos, hormonales prenatales y ambientales, en una interacción que la investigación aún está tratando de delinear. Como señala la revisión de Polderman y colegas publicada en Behavior Genetics en 2018, la identidad de género “refleja probablemente una interacción compleja de factores biológicos, ambientales y culturales” [1].

Esta complejidad explica por qué los estudios GWAS (Genome-Wide Association Studies) a gran escala no han identificado aún loci con efectos significativos a nivel genómico: se necesitan muestras mucho más amplias que las disponibles hasta ahora para alcanzar la potencia estadística necesaria.

Consenso científico actual

Las principales instituciones científicas y sanitarias internacionales se han pronunciado sobre la naturaleza biológica de la identidad de género, reconociendo al mismo tiempo que la comprensión de los mecanismos específicos está aún en evolución.

Endocrine Society

La Endocrine Society, en sus guías clínicas de 2017 y en la declaración de posición actualizada, afirma que “considerables evidencias científicas han demostrado un elemento biológico duradero en la base de la identidad de género” [9][10]. La sociedad subraya que, aunque los mecanismos biológicos específicos no se comprendan aún completamente, los resultados provenientes de disciplinas diversas — genética, endocrinología, neuroanatomía — respaldan el concepto de que la identidad de género refleja una interacción compleja de factores biológicos, ambientales y culturales [10].

American Psychological Association

La American Psychological Association (APA), en su informe del Task Force sobre identidad de género y varianza de género, describe el origen de la identidad transgénero como “probablemente el resultado de una interacción compleja entre factores biológicos y ambientales”. En 2024, la APA reafirmó que las identidades transgénero y no binarias representan “variaciones normales en la expresión humana del género” y tomó posición contra los intentos de modificar la identidad de género de las personas.

Organización Mundial de la Salud

La Organización Mundial de la Salud (OMS) dio un paso significativo con la adopción de la CIE-11 en 2019, reclasificando la incongruencia de género del capítulo de trastornos mentales a un nuevo capítulo dedicado a las “condiciones relativas a la salud sexual” [12]. Esto también tuvo implicaciones para los derechos de las personas trans a nivel internacional. Esta reclasificación refleja el consenso científico según el cual la identidad transgénero no es un trastorno mental: en la definición de la CIE-11, a diferencia del DSM-5, ni el sufrimiento psicológico ni la disfunción son requisitos necesarios para el diagnóstico [12].

Un panorama en evolución

El consenso científico actual puede resumirse en algunos puntos: la identidad de género tiene una base biológica significativa, aunque no exclusiva [1][10]; no es el resultado de una elección voluntaria ni de influencias externas; es un rasgo multifactorial en el que genes, hormonas, epigenética y ambiente interactúan de maneras aún por esclarecer completamente [1]. La investigación continúa avanzando, y estudios con muestras más amplias y metodologías más refinadas podrán en el futuro proporcionar un panorama más detallado de estos mecanismos.

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  • — Agregada nota sobre la controversia de la estimación del 1,7% intersex (Fausto-Sterling vs Sax)
Actualizado hace 3 meses · 14 fuentes citadas Generado con IA
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